En la familia hay una historia de un tío, de un tío a quien no conocí, pero a cada rato nos lo mencionaban cuando le dábamos a nuestro egoísmo rienda suelta o exigíamos un capricho a base de berrinches: –Van a acabar como el tío Otilio –nos decía mi madre o mi tía Amalia. –Solos como unos perros, si siguen así–. Cuando digo que no lo conozco, justo eso quiero decir, ni en fotografía lo he visto, es más, sino fuera por la herencia que le dejó a la tía Socorro, no habría prueba de su existencia y pensaría que sólo se trata de un mito o leyenda como la del Coco usada por nuestros padres como un arma para manipularnos a su antojo.
El tío Otilio, como cuenta la retorcidas lenguas de la estirpe, fue un hombre muy trabajador, ingeniero agrónomo si no mal recuerdo, y todo lo que hizo fue sólo eso, estudiar y trabajar. Ejercer su profesión. A la vuelta de los años, como era de esperarse, se hizo de unas tierras en algún estado, Jalisco o San Luis Potosí, pero en fin, eso da lo mismo. En ellas cosechó, tuvo ganado, decenas de peones, quisiera decir cientos para novelarlo, pero no me consta, entonces pues para que les miento. El punto de esta historia es, el tío Otilio, cuando ya se sintió conforme de haber alcanzado sus metas económicas, sus deseos terrenales, y estaba dispuesto a darle tiempo a la familia, a buscarse una buena mujer y tener hijos con ella, ya tenía unos setenta y tantos años rozando los ochenta y un humor de mil jorobas al cual no había quien no le diera la media vuelta. Dicen, la muerte lo sorprendió solo, pero pienso, hasta con ella estaba molesta por haberse tardado tanto la muy condenada en venir por él. A su funeral asistieron unos cuantos y tal vez esté exagerando porqué es probable, hayan sido menos. Desconozco si murió sin haber experimentado el amor o la amistad, pero hasta donde nos lo cuentan, de eso no hubo nada. En conclusión: qué triste. Entonces cuando escuchábamos como había sido su vida, parecida a la Mr. Scrooge de Cuento de Navidad de Charles Dickens, nos poníamos a temblar y compartíamos de nuestros dulces, prestábamos nuestros juguetes, hasta ganas nos daban de ir a decirle a la niña que nos gustara que se casara con nosotros en la kermesse del día del niño.
Siendo honesto, los últimos años, el 14 de febrero me comportaba como es muy probable lo haya hecho el tío: maldiciendo el día, su tráfico, los restaurantes atiborrados y los excesivos precios de las rosas inclusive hasta en Xochimilco. Ahora por lo menos trato de verle el lado bueno, porque quiero curarme de eso que he bautizado como Síndrome de Discapacidad Emocional.
En cuanto ustedes, si odian como yo antes solía a este día honrando las locuras de ese dichoso Valentín, más que a nada, más que a todo, les digo, no con el afán de asustarlos, quizá sufran de ese mal y más vale que hagan algo al respecto porqué sino pueden acabar como el tío Otilio: solos como perros, sin nadie quien los quiera.
P.D. ¡Feliz día del amor y la amistad!
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