Un poeta pupilo del Maestro
Ruvalcaba, una actriz argentina refugiada en este México, un inquilino de un
cerro distante, un arquitecto con barbas rozándole el ombligo, una psicóloga
quien resultó ser buena dibujante, una mujer que nada más no entiende el glamour rodeando a los escritores, si
muchos, por andar persiguiendo sus sueños, se andan muriendo de hambre. Un
político harto de la demagogia, una española amante del inglés y de sus letras,
un editor que a su vez es cuentista. Admiradores de García Márquez, críticos
severos de la prosa de Isabel Allende, espectadores de obras off Teatro de Insurgentes, porqué aquí
en la Ciudad de México, por fortuna o por desgracia, no contamos con un
Broadway ni de las obras lejanas a la avenida de los grandes teatros.
Esos, entre otros, son algunos
de los integrantes de la selección del Instituto Nacional de Bellas Artes para
el Diplomado en Creación Literaria impartido en una casa porfiriana de la Condesa,
y entre esos otros personajes buscando darle salida a una historia, estoy yo:
el comunicólogo egresado de la Ibero, el de lentes de pasta, pelo engomado, el
de complexión tan gruesa como su voz, sin pómulos, con frente pronunciada, el
imprudente interrumpiendo a las profesoras ocasionando en algunos risas y en
otros carcajadas con los comentarios fuera de lugar además de irreverentes.
Siendo sincero, siempre quise
saber como sería estar rodeado de escritores y no había podido, porqué a diferencia
de otros oficios, éste suele ser muy solitario, y quienes pertenecen a este
gremio, prefieren volverse ermitaños, refugiarse en sus cuevas y optan por no
identificarse como lo que son: por pena, por no caer en la pretensión, por lo
que sea.
Por lo tanto, nos es difícil
encontrarnos, a los de nuestra generación, a quienes aún no gozamos de la fama
ni el prestigio que en un futuro, si continuamos teniendo entre nuestras
virtudes la constancia, llegará como ya les ha llegado a otros.
Quería estar entre ellos para
saber si sus sueños, sus frustraciones, sus ideas, sus mareos, sus
preocupaciones, sus obsesiones, son tan tontas como la de quitar o poner una
coma y aquello los consume horas.
Para saber si soy uno. Si
puedo convertirme en uno. Para saber si también escriben porqué quiere ver sus
nombres plasmados sobre la portada de un libro ocupando un espacio en una
librería junto con los de Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Ernest Hemingway, James
Joyce, Oscar Wilde, Marcel Proust, Albert Camus, también, ¿Porqué no?, junto
con los de Stieg Larsson, Stephen King y J.K. Rowling.
Si escriben porqué lo
necesitan tanto como respirar, si escriben porqué las voces de sus conciencias
se los exigen, si escriben porqué lo necesitan tanto como la arena necesita a las
caricias del mar.
Ya veremos si es así… y ojalá,
así sea.
No hay comentarios:
Publicar un comentario