jueves, 1 de marzo de 2012

Si fuera como hormar zapatos




 Hace un poco más de una semana regresé de un viaje. Antes de partir hacia la Ciudad de México, decidí separarme de la manada de animales que eran mis acompañantes para ir en búsqueda de un par de zapatos, agotado, con un cansancio tan pesado como el mundo mismo, con el reloj jugando en mi contra, con la angustia de ser abandonado por el avión cuya única responsabilidad era traerme de regreso a mí y a otros trescientos pasajeros a casa.

–No te vaya a dejar el avión –me decía uno de los gorilas con los que había compartido el fin de semana. –Ya me paso una vez, no me va a pasar dos –le contesté ignorando su advertencia.

Al entrar a la tienda, con una cara de pocos amigos, señalé un par café. Lo pedí en mi talla, ni siquiera me los probé. Me los llevé como si su destino, desde el día que fueron confeccionados en alguna remota nave industrial de Tailandia, fuera terminar en mis pies para protegerlos. Días después, ya sometido a la extraña rutina de profesor y escritor entre otras cosas, me llevé una no tan grata sorpresa: me apretaban, y como diría Rosa –ese sexto integrante de la familia quien le pone orden a la casa de mis padres–: “un resto”.

“Es cuestión de tiempo”, pensé. “Fácil. Los uso un par de días y ya está”, pero no. Para el segundo, hasta un de las piernas se me durmió, y ya que estamos en tiempo de confesiones, en un chico rato que encontré, acobijado por la privacidad que ofrece el parque España, me los quité para ver si no se me estaba desatando una gangrena. Como era de esperarse, sólo se trató de una más de mis exageraciones. Entonces me senté a reflexionar si mi compra había sido un acierto, si la perseverancia me llevaría a algún día a sentirme cómodos con ellos o si se trataba de un error irreparable y continuar intentando hacer equipo me llevaría terminar con un sin número de heridas en forma de juanetes.

Ya en el tercer día, estaba a punto de abandonarlos a media calle y ese deseo lo compartí con la familia a la hora de la comida. –Emmanuel, no te preocupes. Los podemos mandar a hormar y se acabo el problema –dijo mi madre y así se hizo, o por lo menos ese es el plan, el de mandarlos al zapatero para que después de su debido tratamiento podamos convivir. Aún no los he vuelto usar, pero mi separación con mi calzado, me llevó a añorar que ojalá y así de sencillas fueran las relaciones humanas, que si una persona no te calza, la puedas mandar a hormar. 

Sin embargo no es así; las personas no cambian, tampoco se moldean. Son como son y serán como han sido. Y aunque en algunos casos esta aseveración sea motivo de tristeza, en otros, son de alegría. Porqué cuando uno encuentra una persona a la medida, que desde el primer paso se esté con ella en sintonía, es con el peso de cada una de sus letras, una dicha, una verdadera dicha.

No hay comentarios:

Publicar un comentario