lunes, 16 de enero de 2012

Niños disfrazados de viejos

Un jueves como cualquier otro, de esos que parecen viernes de quincena y de diciembre, llegué a visitar a la familia con la neurosis ocasionada por los atascos de Insurgentes. Patricio, el guardián de nuestra puerta, que a pesar de ser un intento de Maltés, se siente un Rottweiler, con tales presunciones, me devolvió de buenas a primeras el buen humor robado por esa tediosa travesía. Ya cuando le llegó su turno al café, le pregunté a la distraída de mi madre por la ausencia de quien se sienta en la cabecera de la mesa.


 –Ya lo sabes, está trabajando Emmanuel –dijo la señora mientras manejaba el mundo a su antojo a través del aparato entre sus manos como si mis preguntas siempre se trataran de puras tonterías. –Ya lo veré el fin de semana entonces…­­ –le contesté asumiendo. De pronto, como si fuera una general entrando victorioso a una ciudad capital, seguido sólo de su mascota, se hizo presente con una alegría infantil invadiendo su rostro, con sus ojos color aceituna presumiendo su privilegio recién otorgado; el primero de esa especie concedido por la tirana de su esposa. –¿Ya me compraste mi pijama de shorts? –No, en la tarde te la compro.–¿Y mi bronceador? –Tampoco, pero en la tarde te lo compro. –Por favor, no se te vaya a olvidar. –le pidió desesperado, pero cuidadoso de no perder el permiso a su viaje a Acapulco con el tío Fernando, Manolo, Celestino y Miguel.

Ante los ojos de los demás, tienen pinta de ser unos señorones, es más, a mi también me tuvieron engañado, pero no; son unos niños disfrazados de viejos. Se dejan barbas o bigotes en lugar de pintarse las caras de payasos o dragones. Intercambiaron sus triciclos, por sus coches, sus casas de campaña, por alguna residencia, sus ratones, por un que otro hijo. Ahora, en vez de atragantarse de obleas de cajeta y caramelos en forma de bastones, se indigestan con bifes de chorizo o pescados a las brazas, digo, ya no se les pican los dientes, pero el colesterol si se les sube y poca importancia le dan a cuidarse el corazón como en un pasado le dieron a sus muelas. Ya son huérfanos, pero el lugar de la madre, quien los obligaba a comerse las verduras y hacer cada tarde sus tareas, no quedó vacío. Llegaron otras mujeres a ocupar el puesto y fracasan, con constancia, en el mismo propósito de sus antecesoras: en educar a sus malcriados. Dicen, van a descansar, antes decían jugar, pero la travesura es la misma, sólo que ahora ya no sólo se embriagaron, lo puedo asegurar, con el rompope de las monjas.

Cuando le conté de mi intención de escribir esta historia a ese amigo quien he preferido preservar su nombre en el anonimato, pero que sí puedo decirles, fue fuente de inspiración para la creación de mi personaje Tomás Encanto de Catarsis, me dijo:– De acuerdo contigo: The only diference between men and boys, are the prices of their toys–.

¿Y saben qué? Pues tiene razón.

1 comentario:

  1. Sencillamente adorable tu relaro, me parece que está escrito desde el fondo del corazón con los ojos del amor.Te felicito, qué lindo escribes.
    Un abrazo

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