Una canadiense, de esas mujeres que viajan por el tercer mundo como si fuera un museo, comió con nosotros hace dos sábados. No era su primera vez en México, y es muy probable, no sea la última, pues tiene aquí, en esta tierra de contrastes, un amor esperándola siempre con los brazos abiertos. Le inquietaba conocer no la ciudad retratada en las postales, ni la predilecta de Pedro Infante, ni la consentida de José Alfredo Jiménez, sino aquella dándose donde antes se exiliaban los desechos de este titán de mil jorobas quien me vio nacer. Quería ver con sus propios ojos ese desarrollo, el “Wall Street” mexicano, como lo llaman mis amigos los banqueros, al prado bajo el nombre de Santa Fe. La llevamos a comer a un restorán agraciado con una estrecha terraza de piso de barro con vista al cerro fungiendo como vigía de las construcciones que, en su conjunto, parecen las teclas de un piano en un caos rotundo. Resultó, las especialidades del Chef no eran mexicanas sino españolas. Pedimos pulpos a la gallega, patatas bravas y otros cuantos platillos tradicionales de la península ibérica a falta de mole y fajitas de res. “Take her to the bridges”, le sugerí a su anfitrión, para que la hiciera testigo de la imagen, la cual, desde mi punto de vista, mejor nos describe:
De un lado se impone la abundancia, la naturaleza se muestra como si obedeciera a los caprichos del hombre, a sus ornamentos. Hay orden, pulcritud, poca distancia hacia la perfección. Del otro, predominan los grises y los negros, un panteón recibe, las laminas se acomodan como pueden, un sobre la otra, para proteger a sus residentes de un sol, quien parece, de ese lado no sale o por lo menos no quiere. Y ahí está, firme, arrogante, la Avenida de los Poetas, como si fuera una muralla como fue la de Berlín, marcando las diferencias entre un paraíso y miles de infiernos por accidente. Eso se vislumbra desde el tramo Octavio Paz, un escritor de Mixcoac, quien por haber tenido el valor de plasmar con precisión y sin benevolencias nuestras soledades y nuestras comuniones, los muchos errores y los pocos aciertos, le fue otorgado un Premio Nobel. Y como casi todo en este país, la incongruencia se hace presente, y en su honor, la antítesis de su sueño, –el que consistía en dejar atrás las penas de uno, perdonar los atropellos del pasado y caminar hacia la unidad, la equidad y la hermandad– lleva su nombre.
“Yes, well, if she wants to go…”, respondió a mi consejo y la platica siguió, el desfile de copas continuó y la noche se nos vino encima sin darnos cuenta que Jessica, la canadiense, esa tarde había estado en un México distinto, en uno que no parece México, hasta cuando se tiene el coraje de adentrarse sin miedos en su puente que es laberinto.
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